La crisis rescata los remedios caseros

La crisis económica y de valores redirige la cosmética, la nutrición y el estilo de vida. Adiós a las moléculas de síntesis y a los platos de nombres impronunciables. ¿Lo avanzado? Ingredientes sencillos; cuanto más modestos, mejor.

Brócoli, arroz y patata en cremas antienvejecimiento, encurtidos y alimentos cotidianos en la carta de restaurantes exquisitos de Barcelona o Londres, y firmas de famosos que rescatan remedios caseros. La cosmética y la nutrición reivindican lo humilde. «La crisis ha cambiado las reglas, ya no consumimos como antes, somos menos impulsivos. Ahora exprimimos cada euro. No se trata de comprar menos, sino de hacerlo con prudencia; la racionalización del gasto de nuestros abuelos ha vuelto. La recesión ha traumatizado al consumidor, que quiere seguir gastando pero necesita más argumentos que antes», explica Javier Garcés, presidente de la Asociación Española de Estudios Sociales y Psicológicos.

Otra razón detrás de esta recuperación nostálgica de la botica: el marketing es más efectivo cuando emociona. «Si el producto tiene una tradición detrás, si está relacionado con una costumbre ancestral y cultural, la gente se identifica y lo adquiere». Es decir, «compra» la historia.

Lo industrial, a la baja. Esta vuelta a la sencillez plantea una duda: ¿por qué hemos tardado tanto en incorporar estos ingredientes en nuestra vida? «Porque lo exótico es misterioso y seduce. Pero hoy vende lo cotidiano: el mercado de lo insólito se ha saturado» (Chris Kilham, etnobotánico).

Además, la era de las moléculas sintéticas llega a su fin. La naturaleza es el mejor químico. Se van a recuperar muchos ingredientes cotidianos y no solo en belleza, también en nutrición. Lo ordinario vende cada vez más. ¿Un superalimento infravalorado? “La cebolla”. Está cargada de antioxidantes y quema grasas».

La reivindicación de materias primas frecuentes está relacionada con el desprestigio de lo industrial. «Después de tanta comida procesada, volvemos a la autenticidad» (Pablo Foncillas, profesor de Marketing del IESE Business School). Y si no que se lo pregunten a los hipsters. Los gafapastas que desde Brooklyn hacen ganchillo, elaboran mermeladas y hasta preparan encurtidos.

Las ciudades se adaptan y se llenan de restaurantes que enaltecen el producto modesto, pero de calidad. “Detrás de la aparente sencillez hay una maquinaría: simple no quiere decir barato, ni poco marketing», reseña Kaylos

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