El Lago Anjikuni y sus oscuros misterios

En el año 1930, un hecho insólito sorprendió a la comunidad del norte de Canadá. Un asentamiento de la cultura Inuit, ubicado en el Lago Anjikuni, desapareció sin dejar rastro. A pesar de las investigaciones realizadas por la policía, no fue posible encontrar una explicación a lo sucedido.

En torno a esta historia se han entretejido muchas versiones contradictorias, en algunos casos razonables, en otros, truculentas o fantásticas. Lo cierto es que al día de hoy aún no se ha podido develar el misterio de esta desaparición.

El relato de lo que sucedió en el Lago Anjikuni

Al parecer, la versión inicial surge del relato de los hechos por parte de un cazador y comerciante de pieles de esa zona canadiense, cuyo nombre era Joe Labelle. En su testimonio menciona que, mientras se dedicaba a sus faenas, decidió visitar el asentamiento de los Inuit a orillas del Lago Anjikuni.

Labelle comenta que había hecho amistad con este pueblo desde hacía un tiempo y que comerciaba con ellos. Era por todos conocido que los Inuit del Lago Anjikuni se caracterizaban por ser hospitalarios, alegres y muy sociables.

Sin embargo, ese día notó algo inusual al llegar: todo estaba muy quieto y no se veía a nadie en sus actividades cotidianas. Por eso, a Labelle lo invadió una sensación extraña. Luego de tocar en varias viviendas sin obtener respuesta, decidió ingresar.

Encontró las cosas dispuestas como si sus habitantes hubieran estado ahí hace poco, pero no había nadie. De hecho, observó estacionados los trineos, los kayaks y los rifles de caza, sin los cuales ningún Inuit se atrevería a salir. Era como si se los hubiera tragado la tierra.

La búsqueda

Posteriormente, Labelle se dirigió a la estación de telégrafo más cercana al Lago Anjikuni. Desde allí puso en conocimiento a las autoridades de lo sucedido. Al poco tiempo, la Real Policía montada de Canadá se presentó y confirmó la versión de Labelle.

Mujer esquimal de la tribu Inuit.

Los policías encontraron muertos a un grupo de perros para trineos, al parecer de hambre. Esto era incomprensible, pues para esa cultura tales perros constituían un bien muy preciado. Se llevó a cabo una búsqueda, que se extendió por varias semanas, sin obtener resultados.

Otras versiones de lo ocurrido en el Lago Anjikuni

Para la misma época, surgió una versión diferente. Esta vez partió de Armand Laurent y sus dos hijos, quienes también se dedicaban al oficio de la cacería. Ellos dijeron haber presenciado un poderoso destello, que había iluminado el cielo.

Lo ubicaban precisamente en el área del Lago Anjikuni, donde habitaban los Inuit. Cuando las autoridades se encaminaron para verificar los hechos, se encontraron con el campamento deshabitado y varias tumbas saqueadas.

Con esta versión se inauguró la primera de varias historias en las que la explicación de la desaparición señala como responsables a una civilización extraterrestre. En otros casos se habla de espíritus malignos, encabezados por el demonio, e incluso de portales al más allá.

Los diferentes relatos acerca de lo sucedido en el Lago Anjikuni se fueron tergiversando tanto que se desdibujó por completo la versión inicial. De igual modo, tampoco existía un pronunciamiento claro a nivel oficial por parte de las autoridades.

Aspectos como el número de habitantes que residía en el campamento varían de unos 25 a incluso más de 2000. En cuanto a las supuestas tumbas saqueadas, en algunos casos no se mencionan, en otras se refieren a solo una y en otras, al cementerio completo de los Inuit.

Los diarios

Toda esta situación planteaba una encrucijada con muchas preguntas por responder. Para noviembre de 1930, la historia solo quedaba registrada en los periódicos canadienses de la época: Le Pas ManitobaBee Danville y Halifax Herald. Luego, todo cayó en el olvido.

En 959, es decir, cerca de tres décadas después de los hechos, el escritor de ufología Frank Edwards retomó la historia. La publicó en su libro Más extraño que la ciencia, lo que reabrió la polémica acerca de qué fue lo que realmente pasó.

Nuevamente, se ingresó en el ámbito de las especulaciones, en el que no había lugar para la confirmación o negación de lo sucedido por parte de una entidad seria. La historia sobre lo acaecido en el Lago Anjikuni se repitió y nuevamente se guardó en el baúl del olvido.

Monumento a los Inuits en Canadá.

El lago en la actualidad

Hoy en día, con el avance y acceso a las nuevas tecnologías de la información, el caso volvió a ponerse de moda. Esto llevó a varios señalamientos que responsabilizan a la policía montada de no haber avanzado en el caso.

Esta no tuvo más camino que manifestar recientemente en su página web que la historia publicada en el libro de Frank Edwards no solo es exagerada, sino falsa. Su argumentación se basa en que, para esa época, no era posible que una comunidad Inuit estuviera compuesta por 1000 habitantes en ese sector.

De hecho, sostienen que lo usual es que estas comunidades no superen los 30 individuos, y aseguran que no existe registro en sus archivos de que ese evento se haya producido. El comunicado parece sensato, pero resulta muy débil la argumentación de que no se registró ningún hecho.

Si se tiene en cuenta que fue publicado en tres diarios de la región y en ellos se menciona que la policía se hizo cargo de la investigación, esto es difícil de sostener. En definitiva, todo parece indicar que lo sucedido en el Lago Anjikuni continuará siendo un misterio sin resolver…

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