Disciplina y vacunas por Marco Antonio Villaroel Fermín

Cuando todos creíamos superada la peor parte de la pandemia, entró una nueva variante, la P1 y la P2, con una realidad muy clara: más muertos, más contagios, y desnudado mucho más la crisis del sistema de salud. Niveles de ocupación del 90 o más por ciento son las innegables señales de que el covid-19 nunca se fue, y está de manera acelerada poniendo en peligro no solo a los contagiados sino a todos los enfermos que postergan por distintas razones sus tratamientos. 

¿Se relajó la población? ¿Se necesitan otras estrategias que precise la identificación de contagiados para aislarlos? ¿Será que sólo encerrando a la fuerza a toda la gente se controlará la pandemia’? ¿O la vacuna es la solución?  Si esta es la respuesta el costo final lo está asumiendo la población en general. Mientras algunos clamamos por una vacunación sin exclusión alguna, ante esta situación de emergencia que estamos viviendo, otros en medio de su locura apuestan a politizar el tema. Que si es la vacuna A, que no, que es la B, a sabiendas del daño que eso puede hacer. 

La polarización extrema nuevamente se hace presente, pero esta vez con ribetes de una maldad sin precedentes, dado que es la vida humana lo que está en juego. Ya pasamos por lo dañino que es la polarización, pero parece que su lección no fue aprendida. Pensemos un poquito más en el país, y no en intereses personales y mezquinos. Dejemos la diatriba, la soberbia y la arrogancia a un lado. Ya lo dijo el Cardenal Baltazar Porras: “ La  peor vacuna es la que no se pone¨ 

Desde hace algunas semanas venimos escuchando a los médicos anunciar esta difícil etapa y pidiendo medidas más estrictas ante la indisciplina de muchos sectores de la población que parecen no creer lo que sí es una dolorosa realidad para muchas personas y familias enteras. Parecería que sólo cuando alguien muy cercano cae víctima de este virus se acepta la dimensión de la tragedia, que ya ha llegado a números increíbles en cualquier parte del mundo que siempre lo sentimos lejano, pero poco nos preocupamos por lo que ocurre en nuestro país, en nuestro estado, en nuestra ciudad, en la cuadra en que vivimos, en la casa de al lado o en la de frente. 

Ya no se trata de adultos mayores. Igual de doloroso, lo más sorprendente es observar a una persona joven, llena de vida, caer en una cama dependiendo de un respirador y con un pronóstico que nadie puede asegurar, a pesar del esfuerzo sobrehumano que hacen nuestros médicos. 

En síntesis, la única salida es la disciplina, esa que cuesta tanto asumir especialmente entre la gente joven que equivocadamente se creyó inmune, y la vacunación, esa que tanto nos está costando lograr por mezquinos intereses. 

Llegó la hora de poner a Venezuela por encima de todo. No más retrasos. Es urgente. Un asunto de vida o muerte. 

MarcoAntonioVillaroelFermín

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